Ejercicios de Contemplación

Ejercicios de Contemplación

19 julio 2020

Hemos participado en la Casa de Espiritualidad de la Compañía de María en Haro, en un encuentro coordinado por Alodia Cabañas y Luzio Aguirre, sj.  Esta pedagogía de oración está inspirada en los “Ejercicios de contemplación” del jesuita Franz Jalics. Un modo de orar basado en cuatro soportes: la quietud corporal, la respiración, el mantra y las manos.

“Usa la gratitud como una capa y esta cubrirá cada rincón de tu vida. Rumi

“La gratitud cambia los dolores de la memoria en alegría tranquila”.   D. Bonhoeffer

Comenzamos los ejercicios con la idea de acoger y abrazar lo que viene, con mimo, con ternura hacia mí, sea lo que sea, también si es ansiedad y agitación.

Mi cuerpo está hablando, conecto con la vida que es mi cuerpo, mi hogar. Dios me lo ha regalado, como es. Estoy a gusto con él.

Hago consciente el acto de la respiración: conecto con la vida, con Dios.

Inspiro: me lleno de vida, de Dios.

Espiro: suelto, me vacío de mí, de mis pensamientos, mis neuras…para conectar y llenarme de nuevo de vida, de Dios.

Me dejo llevar por el vaivén de la respiración. Me siento respirada por Dios, por la Vida, por el aliento de vida.

Soy una ola y estoy en el océano, soy el océano. Las olas se mueven, hay marejada… poco a poco se va volviendo rítmica. Nos dejamos llevar por la respiración…soltamos.

¿Está mi vida guiada por la alegría, el amor, la gratitud, la serenidad?

Solo ante Dios y con Dios encuentro paz, sano y elaboro mis heridas.

Me quiero. Recuerdo que soy un regalo de Dios y como tal me tengo que presentar ante los demás; como regalo, don; con alegría, amor, ternura. Con dicha porque Dios está conmigo. Me quiere. Me ha formado como soy y tengo valor. Y ese valor que tengo ante Él me da fuerza y valor ante los demás. Para querer a los otros, para tratarlos con ternura, primero tengo que quererme yo, tengo que mimarme yo.

Dios nos lleva al desierto (ejercicios) para hablarnos, para enseñarnos la luz, el camino.

“Señor, dame el vacío de mí y la Plenitud de tu Presencia”.

Hemos vivido días llenos de esa Presencia. Presencia que nos acompaña en estos tiempos de incertidumbre y crisis sanitaria.

Meditación en la naturaleza: percibir, sentir, gustar…sin ningún objetivo, sin ninguna finalidad.

Contemplación en la naturaleza

Mis dos flores…una preciosa, abierta, perfecta, radiante. Al lado otra un poquito más alta, queriendo abrirse y ser bonita también…

Me paro ante ellas. Percibo su esencia…las dos son igualmente valiosas. Percibo el amor con el que Dios las ha creado, el mimo…Percibo el mismo amor de Dios en las dos, la misma belleza de Dios en las dos…la misma Vida en las dos.

Mi mirada ha cambiado. Si voy a la esencia de las cosas, de las personas, siento en mí su esencia, su valor, su cualidad por pequeña que esta sea. ¿Quién soy yo para juzgar?…Desde esa conexión hay una empatía; surge un lazo que conecta, que hermana. En ese lazo está la divinidad de Dios, la humanidad de Dios.

En esa flor a medio abrir me he visto reflejada. Esa flor que recibe todo el amor de Dios, todo el amor de quien sabe mirarla desde los ojos del amor, necesita aprender a mirarse a sí misma desde los ojos del amor, desde los ojos de ese Dios que la ha creado, con su ternura, con su bondad, con su comprensión, con su perdón.

Esa flor necesita aprender a perdonarse a sí misma para poder perdonar a los demás.

Necesita amarse a sí misma, sentirse merecedora del gozo profundo, de la alegría profunda, para poder ser transmisora de ese gozo y de esa alegría a los demás.

Esa flor necesita pararse cada día un ratito para mirarse, reconocerse bella, hermosa, valiosa en el mejor sentido de la palabra. Y desde ahí, comenzar el día con la cabeza alta, la serenidad abierta en el corazón, la paz en lo alto y en lo hondo de su ser, para ser llevada allá donde vaya y poder decir y sentir: “traigo la paz a esta casa, a este trabajo, a esta familia, a esta comunidad, a estos amigos…”

La paz del Señor, mi Dios, esté con vosotros.

Manos abiertas, plenas de recibir el amor y la ternura de Dios, abiertas para regalar aquello que me ha sido regalado, sin pedirlo, sin merecerlo.

Dios está siempre aquí, con nosotros, en nosotros. Con las prisas no somos capaces de parar apenas un segundo para recibirlo, percibirlo.

Dios está aquí, en todo, en mí. ¡Gracias!

De repente, de regreso ya, me encuentro con dos flores igualitas, pegaditas una a la otra. Iguales. Ante Dios. Ante la vista humana. Imagen preciosa puesta en mi camino. La naturaleza. Dios. Es lo mismo.

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