Historia de las Canonesas

Historia de las Canonesas

La Orden Canonical del Santo Sepulcro fue erigida en Jerusalén poco después de que fuera tomada la ciudad en julio de 1099, durante la Primera Cruzada. Los canónigos del Santo Sepulcro junto a un grupo de mujeres y otros cristianos de la ciudad, celebraban la liturgia en la iglesia del Santo Sepulcro y acogían a los peregrinos. Vividos varios conflictos, el Capítulo de Canónigos se trasladó a San Juan de Acre. En 1291 debieron abandonar definitivamente Palestina y se instalan en Perugia, Italia. Desde allí se extendió por toda Europa.

Los Canónigos y las Canonesas, surgieron en la Edad Media ante el deseo de algunos cristianos de vivir en comunidad, teniendo una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios. Son comunidades que viven y celebran la liturgia pública, es decir, abierta y compartida, atentas a las necesidades de su entorno.

La historia de la Orden sepulcrista en Aragón comienza con la muerte del rey Alfonso I el Batallador en el siglo XII. En su testamento legó el reino aragonés a las tres órdenes, llamadas religioso-militares, fundadas en Jerusalén unas décadas antes: la del Santo Sepulcro, el Temple y a la del Hospital de San Juan de Jerusalén. Sin embargo, éstas renunciaron a sus derechos sucesorios a cambio de una serie de compensaciones.

Por lo que respecta a los Canónigos del Santo Sepulcro, y tras algunas negociaciones, en 1146 les fue concedido un solar en Calatayud, donde levantaron la iglesia y convento del Santo Sepulcro, la primera casa y matriz de la Orden en los territorios peninsulares. Poco antes se les había concedido la jurisdicción territorial sobre varios lugares entorno a Calatayud: Nuévalos, Torralba de los Frailes, Tobed, Inogés, Codos… También existían por entonces prioratos masculinos y femeninos en Logroño, Torres de Río, Estella, y otros pueblos del Camino de Santiago para atender con su hospitalidad a los caminantes.

En el año 1300, Marquesa Gil de Rada, viuda del primer Señor de Híjar, allí mismo en su casa de la Villa Viella de Ixar, decide hacerse «freyra» del Santo Sepulcro junto a otras mujeres de su entorno. Permaneció en Híjar hasta su fallecimiento en 1304. La pequeña comunidad fundada por Marquesa se traslada a la ciudad de Zaragoza, a unas casas de doña Marquesa junto a la muralla y a la iglesia de san Nicolás.

El día 13 de mayo de 1306 tuvo lugar en Zaragoza la fundación canónica del Monasterio del Santo Sepulcro. Con este acto se cumplía la voluntad de la fundadora, doña Marquesa Gil de Rada, viuda del primer Señor de Híjar, don Pedro Fernández de Híjar. La naciente comunidad hizo carta de profesión y de obediencia al prior del Santo Sepulcro de Calatayud, quedando sujeta a su jurisdicción, ejercida a través de las visitas canónicas y sus disposiciones que eran de obligado cumplimiento.

La dedicación vital de las canonesas va a ser la misma que los canónigos sepulcristas, la celebración de la liturgia y del culto abierta a la participación del pueblo. Por entonces, ellas podían salir al exterior, pues no era un monasterio de clausura, y pasar temporadas en casa de sus familiares. Además, hay que pensar en estas comunidades religiosas como pequeños “oasis de libertad” para las mujeres del momento: todas quienes se incorporaban a la Casa aprendían a leer y escribir; en el Monasterio no sólo vivían religiosas, podían vivir otras mujeres, como sobrinas de las sorores o mujeres que habían enviudado; se autogobernaban (en contraste con la sociedad civil, donde las mujeres pasaban de estar bajo la autoridad el padre o del hermano, a la del marido cuando se producía su casamiento); siempre quedaba cierto tiempo libre para desarrollar inquietudes musicales, por la poseía, la herbología…

Sin embargo, en el siglo XVI se van a producir profundos cambios en esta vida. A mediados de siglo se va a convocar el Concilio de Trento, la respuesta de la Iglesia Católica a la reforma protestante comenzada por Martín Lutero en Alemania. Se emitieron una serie de medidas que afectaron a la comunidad de canonesas de Zaragoza, especialmente el decreto en que se mandaba a todos los obispos restablecer la clausura de las monjas “en donde estuviere quebrantada y conservarla donde se observe”. A la vez prohibía que ninguna monja saliera de su monasterio después de la profesión bajo ninguna condición, ni que persona alguna, de cualquier condición, linaje, condición, sexo o edad, entrar dentro del monasterio, bajo pena de excomunión.

Hasta que el Concilio de Trento puso en marcha los más serios esfuerzos para imponer a las religiosas la clausura, al interior del Monasterio habían entrado tanto los parientes de las religiosas como miembros de la cofradía que tenía por sede la iglesia de San Nicolás, aparte de los parroquianos que por distintas razones, de tipo devocional o por haber expresado el deseo de ser sepultados en el interior ellos o sus familiares, así lo requerían.

El ejecutor de la contrarreforma en la diócesis cesaraugustana fue don Hernando de Aragón, nieto de Fernando el Católico, arzobispo de Zaragoza y Virrey de Aragón. Sin embargo el arzobispo tendrá serias dificultades para implantar la clausura papal en el monasterio del Santo Sepulcro: Primero, la inmemorial inobservancia de la clausura, que fue interpretada por los juristas zaragozanos como exención de la normativa pontificia y segundo, que el monasterio era un tradicional baluarte de la nobleza zaragozana, que tenía allí recogidas a sus hijas y hermanas. Eso hacía que contasen con influyentes apoyos en los círculos nobiliarios aragoneses, quienes la animaban a mantenerse firmes en sus derechos adquiridos.

Don Hernando de Aragón mantuvo siempre una actitud clara y firme, tanto en la defensa de la inmunidad eclesiástica de dicha casa, como en la imposición de la clausura. Su firmeza en la aplicación de los principios reformadores y la normativa pontificia, le llevó a mantenerse inflexible. Su actitud acarreó desobediencias y desplantes a la autoridad episcopal, que provocaron ruidosos escándalos.

El punto álgido del conflicto entre el arzobispo y la comunidad de canonesas llegó el 15 de junio de 1573 cuando, desobedeciendo las órdenes del inflexible arzobispo, entre las once y doce de la mañana, las monjas, encabezadas por la priora, doña Petronila Cabrero, fueron de paseo a una huerta suya que estaba fuera del monasterio. Una vez allí, se pasearon y cogieron flores y luego regresaron al monasterio. Este acto de protesta tuvo gran eco entre los habitantes de Zaragoza. Fue tan abierto el desafío a don Hernando y a los mandatos del Concilio de Trento, que se les abrió un proceso criminal que duró exactamente un mes: el 15 de julio la priora y las religiosas rebeldes fueron excomulgadas.

Ante ello, sumado el riesgo de desaparición de la comunidad y dada la división existente en su seno entre las observantes y las antiguas, en abril de 1574 acabaron por aceptar la clausura, siendo absueltas las monjas de todas sus culpas. Pero pocos años duró el rigor de la clausura puesto que bajo el priorado de Ana de las Cuevas, y por las presiones de las familias de las religiosas que se resistían a no poder entrar en el monasterio como siempre lo habían hecho, o a la salida de las religiosas para pasar temporadas en sus casas, bien por enfermedades propias o de sus familiares, se obtuvo un breve del Papa en 1604, en el que se concedió a las religiosas que en 1574 habían cerrado clausura, el privilegio de poder salir del monasterio y a sus familiares entrar en él como antes había sido costumbre. Cuando se recibió el breve, todavía vivían trece de las religiosas que pudieron aprovecharse de este privilegio.

Esto llevaría a la coexistencia en el monasterio de dos comunidades, una integrada por las nuevas religiosas que profesaban y que debían guardar rigurosa clausura y otra, las que se beneficiaron del breve, y que habían vuelto a la vida observada anteriormente. En 1625 todavía quedaban cinco monjas de las claustrales o antiguas.

En 1624 fueron dadas al Monasterio unas nuevas Constituciones redactadas por el prior del Santo Sepulcro de Calatayud Pedro Valsorga. Recogían todos los mandatos de prelados en constituciones anteriores y siguieron vigentes hasta 1951.

Así fue pasando la vida en el interior de los muros del Monasterio, hasta que la Guerra de la Independencia hizo estragos. La comunidad resistió dentro del cenobio las acometidas francesas del primer Sitio de la ciudad, durante el verano de 1808, llegando a acoger a otras comunidades de religiosas cuyos conventos quedaron en la primera línea de combate. Sin embargo, durante el segundo Sitio, en el inverno de 1808 a 1809, las canonesas se vieron obligadas a abandonar el convento, muriendo incluso la priora, doña Mariana Martínez de Villela, en una casa particular en febrero de 1809. El Monasterio pasaría a manos de la administración francesa, desamortizado y seguramente usado como acuartelamiento. Las canonesas no volverían a habitar su interior hasta septiembre de 1813, reducida su comunidad a seis religiosas de coro y tres legas.

Aunque no está investigado profundamente de qué manera afectó al Monasterio la desamortización eclesiástica de 1835, sí que es cierto que se hicieron inventarios de sus bienes artísticos, las canonesas perderían muchas de sus propiedades en la ciudad (es posible que fuera entonces cuando perdieran la propiedad de la planta baja del edificio conventual conocido como “Mirador”) y documentación de su Archivo acabó en el Archivo Histórico Nacional.

En 1851 se firmó un nuevo Concordato entre España y la Santa Sede, que tuvo como consecuencia la abolición del cabildo regular del Santo Sepulcro de Calatayud, y su último prior, fray Manuel Rodrigo Vallabriga, se trasladó a una canonjía de la catedral de Málaga, pasando las canonesas entonces a depender del Arzobispo de Zaragoza. De esta manera, quedó extinta la rama masculina de la Orden.

Observaban la vida particular, sin rigurosa comunidad de bienes, que se mantuvo hasta enero de 1880, cuando se estableció la vida en común.

Hasta mediados del siglo XX hubo poco contacto entre los distintos Priorados europeos de canonesas del Santo Sepulcro, pero después de la Segunda Guerra Mundial empezaron a buscar medios para romper su aislamiento. De este modo, se hizo un serio esfuerzo para establecer relaciones más estrechas, que preparasen el camino para una organización jurídica que respetara la autonomía de cada capítulo y, al mismo tiempo, estimulase un sentido de solidaridad, cooperación mutua y conciencia de unidad en la diversidad. Este esfuerzo fructificó y alcanzó su reconocimiento formal con el establecimiento de la Asociación de Canonesas Regulares del Santo Sepulcro, por Decreto del 24 de marzo de 1975.

Cada Priorado tenía sus propias Constituciones, aunque en todas ellas había unos elementos comunes, como eran la vida canonical en sus tres aspectos: conmunio, cultus y caritas; su carácter agustiniano y la espiritualidad de la Resurrección. Se redactaron unas nuevas constituciones comunes para todas las comunidades, que aprobadas en 1977 y posteriormente revisadas en conformidad con el nuevo Código de Derecho Canónico (1983), son las que continúan vigentes en la actualidad.

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