(Continuación)
La meditación permite “ver dentro de uno mismo” es decir, caer en cuenta de la propia naturaleza esencial, y que realmente somos esa Naturaleza Divina.
Pero también es verdad que nosotros somos los que ponemos los obstáculos que nos impiden esa conexión extraordinaria y, estos obstáculos no son otros que los apegos egocéntricos, nuestra tendencia a distraernos, a olvidarnos de nuestro centro, a dividirnos en múltiples cosas que no nos dejan oír esa palabra sin sonido, esa palabra primordial que procede de la eternidad y que brota en lo más profundo de todo cuanto existe, incluidos nosotros mismos.
La meditación es un momento de intimidad que nos va preparando para escuchar esa voz eterna.
La inmovilidad, la concentración, el liberarnos de todo lo que nos mantiene apegados puede ayudar a la manifestación de la realidad, al despertar, a descubrir nuestra propia esencia.
Pero el despertar también puede acontecer en cualquier otro momento de la vida cotidiana, en ese instante que como un relámpago diluye la brecha que nos separa del Universo entero y nos deja ver la realidad.
Cualquier cosa puede ser el desencadenante. Sea lo que sea, acontece de forma repentina, pero ocurre en el momento preciso en que algo de nosotros ha cambiado y en el que nos mantenemos abiertos y receptivos: despiertos.
Entonces entramos en un mundo completamente nuevo, en una visión llena de luz dentro del mundo viejo que siempre hemos conocido.
Es decir, ya no conocemos el mundo ordinario de la misma forma, hay un cambio de perspectiva, es la experiencia de lo inefable, es la realidad cotidiana transformada en una visión cósmica, divina.
Texto del libro «Zen una manera de vivir» de Berta Meneses.